tiempo de jacarandas

 

A menudo Julia tenía el presentimiento de estar viviendo la época equivocada. Casi todos los miércoles recorría la plaza del centro de México, sentada en una banca junto a un viejo correo y bajo la sombra de un árbol de jacaranda en un marzo de 1920, imaginando cómo se habría visto unas décadas atrás aquel lugar, pero sobre todo le atraía pensar cómo sería unas décadas después de su propia muerte, para 1985 seguro ella ya no estaría en este mundo pero pensar en ese año le provocaba cosquillas, ansiedad en las manos, cómo si algo o alguien estuviera pensando a qué hora llegaría. ¿Cómo sería quizá en 65 años? ¿Existiría aún esa jacaranda? ¿La esperaría cómo lo hace un perro fiel incluso después de la muerte de su amo?

Evitaba su lugar favorito en invierno cuando el árbol parecía desnudo sin sus hojas lilas. Julia se entristecía cada que pasaba en esa estación del año. Hoy afortunadamente comenzaba la primavera.

Imaginaba otra vida, otra ropa que no fuera tan incómoda como esas faldas tan anticuadas… aburridas. Con aquellos sombreros tan incomodos; otra versión de sí misma, más libre. En ocasiones sí creía que era otra persona, imágenes flotaban en su cabeza, confundiéndose entre recuerdo, sueño o alucinación.  Se presentaban destellos de unos ojos de un hombre, lo sentía tan real, pero al sentir el vértigo de lo desconocido paraba de mirar esos ojos.

 Parecía nunca encajar con la gente de su edad. Se sentía demasiado vieja o demasiado liberal, siempre cayendo en cualquier extremo. Sintiéndose una pieza de otro rompecabezas. Las citas con los muchachos eran ante todo una tortura. Si las chaperonas no lo arruinaban con su exaltación por tomar la mano, incluso eso no estaba bien visto si no se tenía ya el anillo de un futuro compromiso. Dos pretendientes la engañaron con sus respectivas amantes. Con otros simplemente no brotaba alguna una buena plática; resultaba ser una joven aburrida por su gusto en la lectura y escritura. Le quedaba claro que ella estaría destinada a ser la solterona para vestir santos, tal como decían las abuelitas. Sus treinta y un años le pesaban como si fueran noventa.

Una vez que dejó de imaginarse en una nueva vida, emprendió el camino a casa en donde la esperaba su hermano menor, de nuevo a esa rutina monótona. Lo único fuera de su cotidianidad sería recibir un armario, viejo y despintado, como parte de una herencia de su tía, a quien a pesar de amar tanto no comprendía por qué le dejaba ese armario, según muy fino con cierta cantidad de dinero. Por compromiso o lástima tenía que estar a las 3 de la tarde para recibirlo.

Tocaron a la puerta a la hora estipulada, Julia firmó los papeles de recibido y se dirigió a su habitación donde instalaron el mueble, aún envuelto por una sábana blanca. No le encantaba la idea de tener ese armario ahí, cual niña castigada retiró la sábana.

Lo primer que miró fueron a los pájaros tallados en las esquinas superiores del mueble feo, quizá lo único que rescataba eran una especie de hojas de lavanda o jacarandas talladas en la cima de las puertas y donde supuestamente reposaban los pájaros. Rondaba el rumor de que había sido construido con la madera de jacarandas del lado prohibido y sin acceso al público del bosque de Chapultepec, lugar donde pululaban un montón de leyendas mágicas, pero Julia no quería pensar en ello en ese preciso instante, se consideraba escéptica para ese tipo de temas. La idea a lo desconocido o inexplicable no era precisamente de su agrado, a pesar de ser una mujer bastante soñadora no creía que aquellas leyendas, brujas, portales mágicos fueran reales; y en el caso de serlo le asustaba. Siempre pensaba en lo desconocido como esos sueños en los cuales uno está cayendo.

En cuanto al armario todo el resto le desagradaba.

¿Por qué mi tía me dejó esto?, se preguntó molesta.

Después de un rato, preparó la cena para su hermano y ella. No le gustaba mucho salir de su casa, ya sea por la responsabilidad que conllevaba cuidar a su hermano ahora que su tía quien los cuidaba luego de la muerte de sus padres muriera.  Y en sí, los bares recién construidos le parecían un laberinto para buscar la muerte, sin mencionar la horrible música de la época.  Tras aquella idea se percibió como ajolote fuera del agua frente al resto.

Paseaba por su acostumbrada melancolía sin ser consciente de cada bocado cuando de repente, más tarde de lo usual, tocaron a la puerta gritando “¡Correo!”.

Su hermano de dieciséis años, queriendo asumir un papel de “hombre de la casa” para dejar de ser un niño, fue a abrir la puerta. Sin tardarse en regresar, llegó con varios sobres en la mano, le entregó uno a Julia, cuyo nombre estaba escrito con una letra grande y extraña. Abrió la extraña carta, sólo se leía una frase:

“Te extraño

Robert.”

Cuyo destinatario refería Julia 1920 y el remitente a Robert 1985.

Julia permaneció perpleja, no entendía nada. ¿Se trataría de una mala broma de los hombres de la colonia? ¿Un viejo pretendiente burlándose de nuevo? ¿Qué o quién era Robert? ¿Por qué esa forma de referirse al destinatario o remitente?

Tuvo el primer instinto de arrugar la carta o romperla en trocitos, no volvería a ser el juego de nadie.  Sin embargo, una extraña sensación se lo impidió.

-¿Qué te pasa, por qué de repente te pusiste blanca? ¿Qué dice esa carta? - la voz de su hermano la regresó al momento presente.

-No es nada, sólo el recibo del flete del armario de la tía- contesté sin saber si sonaba convincente.

- Es muy feo, no sé por qué la tía lo conservaba, es viejo y parece que madera se hecho a perder…- soltó su hermano sin algún tipo de filtro.

- Ya sé pero no encuentro la forma de deshacerme de él, supongo que es puro compromiso, es lo que quería la tía y no puedo hacer mucho, tendría que esperar un tiempo esperando que el abogado no se vuelva a aparecer por aquí.

-Al menos nos dejó buen dinero- Julia reprendió a su hermano con una mirada. Bajó sus ojos al plato de comida y prosiguieron en silencio. Julia metió el papel en su zapato por mientras.

En la noche, ya con la cama preparada para dormir, con dos velas iluminando su habitación, no paraba de mirar esas palabras: te extraño…

Julia volvía a imaginar y a soñar, ahora con el rostro y voz dueños de esas palabras. A momentos debía aterrizarse, por experiencia sabía que soñar de más traía funestas consecuencias. Creer que todo era color lavanda nunca resultaba para algo bueno.

Olvidándose de cerrar las ventanas las velas se apagaron, fue un torrente fuerte que movía el feo armario. De pronto uno de los pájaros se desprendió del mueble y cayó del suelo rompiéndose en millones de pedazos, las puertas del mueble se azotaban.

Julia se paró a cerrar las ventanas, al intentar regresar a la cama se percató que del armario se colaba una extraña luz lila; creyó que alucinaba, la cena le había caído pesada, cuando se acercó fue arrastrada por un torbellino más fuerte que el anterior.

Aunque gritaba parecía que no emitía ningún sonido.

Parecía una neblina de lavanda, un torbellino lila que le provocaba náuseas. Pensó que estaba en un sueño y moriría en él.

Entonces, vio que estaba arriba de las ramas del árbol de lavanda que a ella tanto le gustaba, justo en el centro de la plaza. Como fue capaz, bajó de ellas, pensó que seguía en el sueño, hasta que el ardor de un gran rasguño, del cuál se percató en aquel segundo, de alguna manera la despertó.

En su entorno todo lucía diferente, no parecía el mismo lugar, se asustó.

Los automóviles no eran los mismos que ella conocía, menos robustos. La gente no paraba de mirarla como si fuera una extraña criatura. El fuego de terror en sus ojos confundía a los demás, a pesar del miedo ella no podía moverse.

¿Por qué esas mujeres enseñaban tanto? A pesar de llevar un vestido café y largo se sintió desnuda ¿En qué momento la plaza había cambiado tanto? ¿Dónde estaba? ¿En serio no soñaba?

A unos diez pasos un hombre la miraba, pero no igual al resto, hubo familiaridad en sus ojos… ¡los ojos verdes que no sabía si recordaba o soñaba!

El miedo no abandonaba sus nervios. El hombre se acercó a su dirección, ella pudo dar un paso hacia atrás.

-Recibiste mi carta… por fin nos volvemos a ver… después de todos esos meses. -acusó el hombre.

-¿Qui.. quién eres tú?- preguntó Julia muy asustada. ¿La carta? ¿Por qué mencionaba la carta de aquella tarde?- ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?

- Que raro que no me recuerdes amor. Soy Robert, tu Robert… estás en México 1985…- Robert quiso tomar la mano de Julia pero ella se alejó. – Nos conocimos hace dos años, bueno… dos años para mí … en 1983… ¿me acompañarías por un café? Vamos a un lugar más privado, aquí hay muchos ojos curiosos y ya es bastante raro haberte visto arriba del árbol…

Ni siquiera Julia sabía por qué le resultaba tan familiar ese hombre, todavía asustada decidió seguirle, si había un camino de regresó a cada tal vez sería este.

El restaurante de los azulejos lucía un tanto diferente a cómo lo vivía cada mañana. Parecía otra época y estaba en otra época. Robert no le quitaba los ojos de encima.

-         Tranquila Julia, ya sé que es raro toda esta situación … sigo sin entender por qué no recuerdas... por qué me miras cómo si no me conocieras- hubo un pequeño aire de frustración en su voz. – te decía que nos conocimos hace dos años cuando llegué a México a estudiar un proyecto nuevo de antropología e historia cerca de historia, fue un alivio para mí tu compañía siendo un extranjero…

Julia creía que sabía todo lo que Robert le contaba, mas no tenía la seguridad.

-         Tenemos diez meses sin vernos, ha sido un letargo ¿sabes? No volví a verte después de invitarte a la expedición que haría en el templo mayor, cerca de tu vieja casa, tenías tanta curiosidad de saber cómo se vería…- continuó Robert.

-         Lo siento, no recuerdo nada de lo que dices, no entiendo qué pasó hace un rato, solo me iría a dormir y…. – interrumpió Julia.

-         Ya sé, estos dos años de vivir aquí me han permitido entender solamente un poco de lo surreal que es esta tierra…

Al paso del tiempo a Julia se le quitaba el miedo, un sosiego extraño y difícil de explicar le recorrió el cuerpo. Se sentía en su hogar. La música de ambiente le envolvió como nunca, el café fue el mejor que había probado en su vida.

-¿Cómo dejaste esa carta entonces?- Julia se aventuró a preguntar a pesar de la locura implicada.

- Tenía la esperanza de que llegara a tu tiempo … al escribir el destinatario y depositarla en el correo cerca del árbol de jacarandas, me dijiste que era tu lugar favorito en… tus días… se trataba de mi último recurso - contestó Robert.

Esto era insólito, en la lógica de los sueños no pasaba nada pero aquí … tal vez algo tenía el agua aquella tarde en la cena.

Terminaron su café, Robert era extraño con aquella ropa y ademanes. La caballerosidad no conocía fronteras de tiempos, la sensación cálida de su mano provocó el conocido cosquilleo en la de Julia. Esos ojos… esos ojos… esos ojos…

Robert abrió el portón de su casa e invitó a Julia a pasar.

¡¿Entrar en casa de un hombre sin chaperonas?! ¡Esto sería un escándalo!

Aun así, unas alas invisibles brotaron de la espalda de Julia, ¿esto es la libertad?

Robert le ofreció ropa de ella misma que no recordaba. Debía tratarse de otra mujer, seguro.

Julia poco a poco se adaptaba a su nueva piel. Pasaron dos días en donde se olvidó de la vieja rutina, de las viejas costumbres, de su pasado. Por primera vez sintió que el ajolote fuera de su agua que siempre había sido ella por fin encontraba su lago. Sin embargo, no se atrevía a acercarse a Robert más allá de las manos, de un accidental roce a sus hombros, luchaba contra el imán de ambos cuerpos, repelía al suyo en cualquier oportunidad. Robert no quería asustarla, así que le ofreció una habitación aparte, confesándole que extrañaba dormir junto a ella.

Luego de una semana de encontrarse allí, Robert soltó una propuesta incomoda:

-         Quisiera que entendieras y ante todo recordaras… conozco el lugar perfecto que te ayudaría, ¿quieres acompañarme?

-         No.. no lo sé… ¿es seguro?- titubeó Julia

-         Antes ya se te había quitado el miedo amor… poco a poco corrías riesgos… es necesario que recuerdas para que no pierdas otra oportunidad para ser feliz, si es que yo te hago feliz… El lugar es Chapultepec, la parte que no tiene acceso el público general.

-         ¿En todos años la gente aún tiene acceso restringido? De acuerdo podemos estar un rato ahí… nos vamos de inmediato si vemos a alguien peligroso …

-         Esta bien , esta bien- contestó Robert.

Arribaron al lugar, cruzaron la reja, Julia miró extrañada a Robert.

-         Como uno de los antropólogos tengo llave a este lugar, ¿ves las cintas y  pozos de estudio? Es por eso que puedo entrar aquí, te traje aquí una de las últimas veces antes de que desaparecieras.

Cruzaron unos pasadizos de piedra con pájaros trazados, iguales a los tallados en el armario de su tía. No le resultaba desconocido el lugar, por muy extraño que fuera.

Llegaron a un terreno lleno de jacarandas, Julia era feliz, tomó con fuerza la mano de Robert, quien dibujó una enorme sonrisa.

-Mira toca el tronco de esta jacaranda, aquí fue nuestro primer beso. -dijo Robert.

Así lo hizo Julia y todos sus recuerdos golpearon su mente y cuerpo, lo que parecían sueños hace tiempo en realidad eran memorias. Recordó la primera vez que vio a Robert, la verdadera primera vez, recordó las noches junto a él enredada a su cuerpo, su desaparición cuando regresó a su vieja casa y encontró el feo armario de su tía, que ahora entendía que tenía algo de mágico y desconocido, los bailes en algo llamados discotecas, sonriendo, divirtiéndose.

Julia no resistió el impulso de besar a Robert y de enredarse en sus brazos.

Tras un largo beso en que los amantes recuperaron el tiempo arrebatado, Julia pronunció:

-         Recuerdo todo, Robert te amo… ahora sé que los ojos verdes con los que creía soñar eran un recuerdo perdido.

-         Julia te voy a esperar las vidas necesarias hasta que regresé la primavera, y estemos juntos cada tiempo de jacarandas.

Por primera vez ella era quién siempre había deseado ser.

 

 

 autora: Bello Cuervo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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