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El último hombre que me amó

  Escribí mi nombre en una lista de Alcohólicos Anónimos. El problema es siempre querer olvidar bebiendo los recuerdos. Son mis problemas con la champaña. Creo que debí tomar mejores decisiones a los dieciséis: como romper la alianza entre dos hermanos, hacer que se odiaran más, como todas las que estuvieron antes de mí. Debí besar al hermano bueno. Ser su novia. Porque no lo abandoné porque no lo amara, sino por estúpida. ¿Debería saberlo él, el último hombre que me amó? Que ahora vivo condenada a amores que no me aman, en la insoportable levedad del ser, cayendo siempre hacia el mismo lugar. Me presento: soy el cuervo enviciado en sus arrepentimientos. Le he escrito casualmente estos días de septiembre, solo para pedirle un favor, como si los años pudieran disfrazarse de cualquier cosa menos de nostalgia. Pero siempre que hablo con él siento sus desprecios: las burbujas de los reclamos ahogándose en su garganta. Tampoco me ha olvidado del todo. Pero le encanta condenar...

Ilusiones

Si mis viejos amores, los que nunca me amaron, creían que nadie lo haría, yo les hablaría de ti y de la luna, como creí que la bajarías por mí y la convertirías en un anillo de compromiso. Sé que la otra tarde ellos quemaron mis fotografías y las lanzaron al mar porque creyeron que había roto la profecía, que les había ganado la guerra porque alguien tenía mi corazón guardado en un cofre de oro. Pero la realidad es que no sé cómo terminar este poema y tampoco esta historia. -Bello cuervo

Confesión y profecía

 Y si pudiera gritarte sumergida en esta herida de la que brota ríos carmesí, te contaría mis historias y la profecía oculta detrás de las estrellas; te bendeciría para salvarte de mí. Pero antes de que te marches, entenderías por qué no puedo volver a ver a otro hombre que ha sido prisionero de la memoria de mi cuerpo, acunando entre sus brazos su descendencia sin mi sangre.   Pero te agradezco en un último poema haberme enseñado a soñar con ser amada, aunque tú nunca me has soñado. Porque todos lo saben: el lobo le ha aullado a la luna por el cuervo que busca en el cielo de la noche, pero ninguno de sus amantes le ha amado. Has cometido algunos viejos errores, y me teaduzco entre vacíos. ¿Y cómo puedo salvarte de todas mis historias? -bello cuervo

"Los cuidé mucho te lo prometo""

Soy el fantasma en el limbo de tu memoria, al que sacaste junto con sus libros  y después cerraste las puertas y ventanas. Para Julio -Bello Cuervo

Libros prestados

Entonces supe que me soltaste. Me regresaste los libros. En la nota escribiste: "Los cuidé, te lo prometo." Y entonces entendí. Los libros prestados no se deben devolver, y menos siete años después ... para Julio . Autora : Bello Cuervo

Para Julio

No dejes ir al cuervo, porque todos lo quieren de regreso. Julio regresó en julio, siete años después, justo en el séptimo mes, cuando todos los poetas mueren a mitad del verano. ¿Acaso no sabes quién es Julio? Se dice que era un príncipe burgués, o el príncipe de Blanca Nieves. Quizá. No lo sé. Tengo la sensación de nunca haberlo conocido, solo de haberlo soñado: en la infancia, en un juego de niños. Me regresa los libros. En una nota encuentro: "Los cuidé, lo prometo." La niña que juega a los pilares de doña Blanca quiere ir a abrazarlo. Pero la de treinta sabe que los adultos mienten. Quiza soy su basura en esos libros, y tiene que sacarla aunque sea un poco tarde ya. Quiza no quiere saber nada de mí Julio regresó en julio, siete años después, justo en el séptimo mes, cuando todos los poetas mueren a mitad del verano y mi corazón también. Autora : Bello Cuervo

Si me voy

Un cuervo y un lobo jugaban frente a un lago. Dijiste: —¿Acaso no sabías que son compañeros? Que el lobo siempre busca al cuervo. Y yo no sabía que también reescribirías mi corazón; que lo harías imaginar una boda en Nueva York, que me atrevería a creer que yo podía ser quien vistiera de blanco. Tampoco sabía que podías reescribir este corazón, enamorado de su propia soledad, e intentar convencer a un palacio sin puertas ni ventanas de que también podía albergar a un huésped feliz. Tampoco sabía que guardabas algunos trucos bajo la manga y como evitarías decirme a qué hora salías del trabajo, dejando que tus silencios hicieran el resto. Y tú tampoco sabías que había dejado de escribir para defenderme; que terminaría muriendo, poco a poco, en tu indiferencia. Pero si me voy, ¿qué harías? ¿Me volverías a perseguir? Autora : Bello Cuervo