El último hombre que me amó
Escribí mi nombre en una lista de Alcohólicos Anónimos. El problema es siempre querer olvidar bebiendo los recuerdos. Son mis problemas con la champaña. Creo que debí tomar mejores decisiones a los dieciséis: como romper la alianza entre dos hermanos, hacer que se odiaran más, como todas las que estuvieron antes de mí. Debí besar al hermano bueno. Ser su novia. Porque no lo abandoné porque no lo amara, sino por estúpida. ¿Debería saberlo él, el último hombre que me amó? Que ahora vivo condenada a amores que no me aman, en la insoportable levedad del ser, cayendo siempre hacia el mismo lugar. Me presento: soy el cuervo enviciado en sus arrepentimientos. Le he escrito casualmente estos días de septiembre, solo para pedirle un favor, como si los años pudieran disfrazarse de cualquier cosa menos de nostalgia. Pero siempre que hablo con él siento sus desprecios: las burbujas de los reclamos ahogándose en su garganta. Tampoco me ha olvidado del todo. Pero le encanta condenar...