El cipres de pimienta
Molestaba a las plantas
de su mamá sin saber que se convertiría en una. Disfrutaba mordisquearlas,
olfatearlas y golpearlas con sus patitas.
.¡Nena, deja mis
plantas en paz!- gritaba su humana, quien la amaba como a otra hija.
Le duraba poco el
enojo, después, la invadía de besos y tomaban su siesta juntas por las tardes.
Nena, de raza schnauzer
sal-pimienta, vivía con una señora de avanzada edad desde cachorrita.
Fue el regalo de
cumpleaños de uno de los hijos de la señora, quien la desafió aún en contra de
los años en que renegó la entrada a perros. Nena, por alguna cuestión
prácticamente mágica, la conquistó desde el primer segundo cuando llegó con su
moñito rosa; la cachorra la miraba como a su mamá, le dedicaba escenas de celos
cada que sus hijos venían a visitarla.
Si bien, en el último
cumpleaños de su mamá pactó una tregua con los hijos para robarse, en un
descuido, el pastel sabor piñón. En la sala permaneció colgada la fotografía
como evidencia del crimen.
Nena cumplió once años
sin comprender que le sucedía de pronto. Perdía agilidad para hacer sus
travesuras, no se agachaba más por debajo de las sillas del comedor hexagonal
para seguir jugando, le dolía brincar a los sillones para asomarse a la
ventana.
No comprendía su vejez,
era un poco orgullosa para pedir ayuda al subir a la cama, no corría más en sus
paseos por la barranca; sin razón aparente, procedía a sentarse en el lugar más
inusual. Su color sal-pimienta también se desvanecía, y se volvía más blanquita
a causa de sus canitas. La señora se percató de extraños movimientos en su
caderita, le costaba sostenerse por momentos, sus patitas se enredaban y
arrastraban hasta provocarle sangrado si caminaba mucho tiempo por el
pavimento. Curiosamente, alrededor de aquellos días había moscas en la casa que
no paraban de fastidiar.
A pesar de ello, una
noche, paró sus orejas en señal de alerta, su mamá continuaba dormida, bajó de
la cama con delicadeza para no preocuparla. Ella se encargaría como siempre, su
trabajo era protegerla.
En el pasillo encontró
la figura de una mujer con vestido negro, poseía el rostro de su humana, pero
sabía perfectamente bien que no era ella, percibió un aroma a putrefacción.
Aunque esa figura proyectaba rasgos de su mamá no lograría engañarla, los ojos
en blanco no eran de quien tanto la cuidó. Nena gruñó. La mujer se dirigía a la
habitación de su humana.
Ella se aproximó como
una pequeña fiera, con sus colmillos le rasgó la falda del vestido. La mujer,
encolerizada, le propinó una patada, Nena respondió con una mordida en la
pierna. En un segundo, la mujer la levantó por el pellejo de su lomo con sus
huesudos dedos como garras y pronunció:
-
¡Ay, brava perrita! ¿No sabes que a las visitas se les respeta?
Nena intentó
defenderse, se desfiguró su rostro tierno por uno salvaje, preparaba otra
mordida pero fue inútil. La mujer de negro la arrulló entre sus brazos, de sus
dedos parecía escucharse la melodía de una lira, no se sabía si era parte del
sueño en que la sometían o realmente estaba ocurriendo. Nena cabeceaba, quería
gruñirle, pero entre más alta se tornaba la melodía, sus pequeños parpados le
pesaban como si las notas musicales de esa aparente melodía de Orfeo se
desplomaran sobre ellos. Al mismo tiempo, experimentaba otra sensación, de sus
huesitos comenzaban a brotar ramitas, tomando un color marrón; extrañamente
también desaparecía poco a poco el dolor. Nena creía que se petrificaba de
alguna manera. Antes no comprendía el cambio de su cuerpo por la vejez, ahora
tampoco el nuevo cuerpo.
Nena sólo pensaba en su
mamá…
Cuando despertó sintió
lágrimas escurrirse sobre sus hojitas, cayendo por la tierra hasta penetrar el
centro de las raíces de su nuevo corazón. ¿Por qué no podía lamer la carita de
su mamá?
No había más moscas en
casa, era como si los malos presentimientos se hubieran marchado al cumplir su
terrible designio. Escuchaba la voz entrecortada de su mamá, ya no podría
acompañarla y amar en sus últimos años, Nena ahora era una plantita que luego
crecería cual magnífico ciprés, recuperaría su color sal-pimienta esta vez con
mayor intensidad, sería un ciprés de pimienta.
-
Mi niña, mi niña, mi niña… te voy a extrañar por siempre…
semblanza de Krizia Tovar Hernández (Bello
Cuervo) : Nació en el Estado de México,
en 1996. Estudió la licenciatura en ciencias humanas en el centro universitario
de integración humanística. Desde hace nueve años publica en revistas digitales
principalmente poesía, cuentos y ensayos literarios.
Su
pseudonimo es Bello Cuervo tras convertir a Edgar Allan Poe en su principal
influencia; sin embargo, encuentra inspiración también en la literatura de
Elena Garro, Ruben Darío, Amparo Davila y la filosofía de Walter Benjamin.
Ha
participado en multiples ediciones de la Feria Virtual del libro organizada por
la Confederación Internacional del Libro en eventos literarios presenciales y
virtuales y recientemente en la Feria Internacional del Libro Guadalajara.
Es
miembro activo de la Comisión Internacional Especializada en Literatura, Arte y
Cultura (CIELAC).
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